Práctica con "El Bichito Lector"

Aquí es donde la imaginación cobra vida. Hemos preparado actividades divertidas y creativas para que los niños de primaria exploren el fascinante mundo de la lengua y la literatura. ¡Sumérgete en nuestro relato, descubre el gran booktrailers y sueña con nuestro soneto!

Relato

EL MISTERIO DEL RELOJ DEL PARQUE 

Marcos es un niño de once años que destaca por su curiosidad. Siempre está haciendo preguntas y anotando ideas en una pequeña libreta azul que siempre lleva en su mochila. 

Uno de los misterios que más le intrigaba se encontraba en el parque de su barrio. En el centro del lugar, había una pequeña torre de piedra con un reloj redondo en el centro. Era un reloj antiguo, con números grandes. La torre estaba rodeada de bancos, árboles altos y un camino por el que la gente solía pasear, y por donde solía pasar todos los días cuando iba a jugar con sus amigos.

Era lunes por la tarde, y Marcos pasó como de costumbre por ese camino. Se paró y miró el reloj; marcaba las cinco y doce. No le dió mucha importancia y siguió caminando. 

Al día siguiente, volvió a mirar el reloj, y de nuevo marcaba la misma hora.

— Qué raro — murmuró.

El miércoles volvió a pasar por el parque después del colegio y miró otra vez. Las cinco y doce de nuevo.

Esta vez se quedó mirando unos segundos más.

— Eso no puede ser casualidad — dijo en voz baja.

Por la tarde, se lo contó a su amiga Lucía, que estaba sentada en un banco.

— Seguro que está roto — dijo ella.

— Puede ser — respondió Marcos —, pero… si está roto, ¿por qué nadie lo arregla?

Lucía no supo qué responder.

— Porque nadie se fija en él.

La respuesta de Lucía no le convenció del todo a Marcos, e hizo que pensara aún más en el reloj. 

Llegó la noche, y no podía parar de pensar en el reloj. Decidió que al día siguiente investigaría lo que pasaba.

Al día siguiente por la tarde, al acabar los deberes, Marcos metió tres cosas en su mochila: su libreta azul, un lápiz y una pequeña linterna. Una vez preparada su mochila, decidió ir a ver qué es lo que ocurría.

Cuando llegó al parque, el sol empezaba a bajar y todo estaba tranquilo. Algunas personas paseaban y un perro corría detrás de una pelota.

Marcos se dirigió directamente hasta la torre. Una vez llegó, miró el reloj, y de nuevo, las cinco y doce; sacó su libreta y escribió:

“Día 1 de investigación. El reloj sigue parado en las cinco y doce”

De repente, escuchó un pequeño sonido.

Clac.

Marcos levantó la cabeza. La aguja de los minutos se había movido un poco,  muy poco… pero se movió.

Ahora marcaba las cinco y trece.

—¡Eh! —exclamó sorprendido.

Pero la aguja volvió a detenerse. Marcos empezó a rodear la torre observando todo con atención. Entonces descubrió algo que nunca había visto antes.

En la parte de atrás de la torre, había una pequeña puerta de madera, escondida entre unas plantas. La empujó con cuidado, y se abrió con un crujido.

Encendió su linterna, y entró. Dentro había una escalera de caracol que subía hacia arriba. El interior estaba muy oscuro y olía a madera vieja. 

Los escalones crujían cada vez que pisaba uno. Cuando llegó arriba, encontró una pequeña habitación de engranajes, ruedas metálicas y cadenas. Era el mecanismo del reloj.

Muchas piezas estaban cubiertas de polvo, como si nadie hubiera estado ahí en mucho tiempo. 

Marcos caminó despacio mirando todo.

—Así que así funcionan los relojes de las torres…—murmuró.

Fue entonces cuando vio algo diferente. Una pequeña palanca metálica que brillaba con la luz de la linterna. 

Se acercó curioso.

—Esta pieza parece nueva…

Justo cuando iba a tocarla, escuchó una voz detrás de él.

—Hace años que nadie subía aquí.

Marcos dio un salto y se asustó.

—¿Quién está ahí?

Alumbró con la linterna, y vió al fondo de la habitación a un hombre mayor, con una expresión tranquila.

—Tranquilo —dijo el hombre—. No quería asustarte.

Marcos respiró hondo.

—¿Quién eres?

—Soy Julián, y he sido durante mucho tiempo el encargado de este reloj.

—¿Entonces por qué está parado?— dijo Marcos sin entender nada

Julián se sorprendió y suspiró.

—Porque los relojes necesitan un cuidado, y cuando yo dejé de hacerme cargo, nadie vino a hacerlo.

Marcos señaló la palanca.

—¿Y esto para qué sirve?

—Si la bajas con cuidado, el reloj puede volver a funcionar —explicó Julián sorprendido por la curiosidad del niño.

Marcos dudó un momento.

—Bueno… voy a probar.

Agarró la palanca, y la bajó muy lento y con algo de miedo. Durante unos segundos no ocurrió nada, pero entonces, se escuchó un sonido fuerte. Uno de los engranajes comenzó a girar. Después otro. Luego otro más. Las ruedas empezaron a moverse. Desde fuera, llegó el sonido del reloj avanzando.

Marcos sonrió emocionado.

—¡Funciona!

Se giró a mirar a Julián contento, pero de repente, la esquina donde lo vio estaba vacía.

—¿Julián?

Nadie respondió. 

Marcos iluminó toda la habitación con la linterna, No había nadie. En el suelo vio una pequeña placa metálica cubierta de polvo. La limpió con la manga de su sudadera. En ella se podía leer: 

Julián Herrera

Cuidador del reloj del parque

1948-2012

Se quedó mirando la placa unos minutos. Finalmente, guardó la placa con cuidado en su mochila y bajó las escaleras.

Cuando salió del parque, el reloj marcaba las cinco y veinte. Algunas personas miraban hacia arriba sorprendidas.

—¡El reloj vuelve a funcionar! —dijo una señora.

Marcos sonrió sin decir nada. Durante las semanas siguientes, volvió muchas veces a la torre para limpiar los engranajes y comprobar que el reloj seguía funcionando.

Un día, Lucía lo vio salir por la pequeña puerta.

—¿Qué haces ahí dentro? —preguntó.

—Estoy ayudando a que siga funcionando.

—¿Tú solo?

— Digamos que tengo ayuda—. Dijo con una sonrisa.

Desde ese momento, el reloj del parque nunca volvió a detenerse. Cada vez que las agujas avanzaban para marcar una nueva hora, Marcos tenía la sensación de que alguien, en algún lugar, estaba contento de que el reloj siguiera funcionando.

Booktrailer

¡Aquí os dejamos el booktrailer de nuestro relato, esperemos que lo disfrutéis tanto como nosotros!

Soneto

 

En cada clase encuentro mi sentido,

y niños con sus ojos chispeantes,

rodeado de libros y pensantes, 

disfrutando cómo la lengua admiro.

No busco gloria, premio ni camino;
de sembrar la fe de estrellas brillantes
y con mis letras que encuentro vibrantes
encuentro la manera en mi destino.

No es solo oficio, es calma en mi regazo,
vocación que alimenta mis sentidos,
como si de un recuerdo se tratara.

Educar es quitar aquel rechazo,
y es dar sentido con mis latidos,
a todo aquello que mi mente aclara.